Succession, mejor serie dramática del 2019, por derecho propio

Lo tengo que decir. Lo voy a decir. No tengo ningún atisbo de dudas. Este devastador síndrome de abstinencia que me genera no poder tener más dosis tiene que ser una señal clara y meridiana. Succession es ya la mejor serie de TV que he visto en mi jodida vida. Estoy totalmente convencido de ello.

Es una absoluta maravilla de guión, de realización y de interpretación. Cada capítulo es mejor que el anterior, cada escena es absolutamente absorbente, cada diálogo inmensamente crucial. Creada por un Jesse Armstrong (Peep Show y Fresh Meat) que ya venía avalado por sus reconocimientos dentro de la comedia de situación, da un paso mo dos más con esta genialidad televisiva.

Dirigida, entre otros, por Adam McKay, como no podía ser de otro modo tras sus trabajos como La gran apuesta o Vice. Del tema musical principal de la serie, compuesto por Nicholas Britell, no hay discusión alguna. Una absoluta declaración de intenciones que eriza la piel y que precede a un impecable acompañamiento musical durante toda la serie.

No da lugar despiste, y no lo vas a tener porque mientras la ves desaparece el resto de tu mundo.

La cámara juega en corto casi en todo momento, con movimientos rápidos y turbulentos, acelerando las escenas y energizando los diálogos, inteligentes, desafiantes y frescos por otra parte; pero también nos abre el plano de forma majestuosa para mostrarnos la grandeza de un imperio empresarial que abarca todos los segmentos posibles de negocio.

Dos temporadas y un coronavirus ha tenido que pasar para decidirme a verla. Quizá fuesen mis prejuicios iniciales, pensando que era un Dallas, Dinastía o Falcon Crest (sin menospreciar los clásicos) a la moderna y a la neoyorquina; pero ni mucho menos, o puede que mucho más. Hay riqueza, herencias, poder, negocios, drama y traiciones; pero también hay un ácido humor cínico y unas colosales interpretaciones que hacen de Succession un híbrido financiero, familiar, thriller y comedia merecedor de todos los premios que ha ido cosechando los dos últimos años.

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Me pasó algo similar en su día con House of cards, con Fargo o con Black Mirror, las tres que ocupaban el podio de mis favoritas; pero solo similar. Sea por coronavirus o no, he visto 20 capítulos en menos de tres días y seguiría viendo hoy más si los hubiese, que los habrá. Ese mega final en todo lo alto con unos índices de dramatismo y tensión nada recomendables para mi salud, sumado a las nominaciones y premios obtenidos en los Emmy y los Golden Globes de 2019, dieron lugar a la renovación de una tercera temporada que posiblemente se estrene el próximo verano si ningún virus lo impide.

La increíble, crucial y complicada decisión de suceder en el cargo al gran jefe se convierte en un enredo melodramático no exento de humor negro y frenetismo dialéctico, tan hiriente y subversivo como sinuosamente entrañable cuando debe serlo.

En el fondo, Succession no es más que una exposición frívola, ostentosa, abusiva y corrosiva de la clase alta norteamericana.

Y en toda esa inmensa puesta en escena reluce individualmente y en conjunto todos y cada uno de los actores y actrices encargados de dar luz a todos y cada uno de los increíbles y magnéticos personajes.

Lo de Brian Cox es memorable, sin duda alguna, y lo avalan sus recientes premios obtenidos, pero a su lado, en frente, atrás, arriba y abajo sobresalen no sólo sus cuatro hijos, sino todos los secundarios, terciarios y meritorios. El casting y la dirección actoral es colosal. Esos papeles han sido escritos para ellos, o ellos han logrado escribir esos papeles con fuego. Sea como fuere, nombres no excesivamente conocidos como Jeremy Strong, Sarah Stock o el hermanísimo Kieran Culkin (toda una sorpresa para mí) rayan lo fascinante y lo magistral.

Los Roy, una familia odiosa, detestable y pendenciera que da luz y oscuridad a un mundo que sabemos que existe pero que no debería existir, y sin embargo, resulta tan atractivo como adictivo para un espectador que, del mismo modo que sucedió en House of Cards, conecta con sus roles, con sus tragedias y con sus intenciones. No son asesinos, pero sí son despiadados, de una forma que quizás elimine más vidas que un arma o un cuchillo o una bomba.

Ese conflicto moral se cuela en la retina hasta retorcer nuestro intelecto. Además, navegan continuamente en el filo de una peligrosa espada que cantea entre el respeto, el miedo, la traición y la lealtad. En ellos vemos un recorrido amplio y bien estructurado de sus roles dentro de la familia, como si de unos Corleone de las finanzas se tratase. Un perfecto Vito encarnado esta vez por Brian Cox (Logan Roy); y unos Sonny, Connie, Michael y Fredo Corleone encajados en los más altos rascacielos y palacios del siglo XXI.

Succession es una serie abrumadoramente inteligente que pone de manifiesto un sin fin de matices y conceptos ejecutivos que sólo podremos seguir si estamos muy despiertos. En definitiva, una jodida bomba de relojería llena de cables rojos que va pasando de unas manos a otras sin escrúpulos.

Tráiler de la serie Succession

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