Quentin nos cuenta su cuento sobre Hollywood

Se ha rendido ante su propia identidad. Ha moldeado toda su cinefilia y todo su mundo interior en un filme técnica y narrativamente perfecto. De los nueve títulos que ha firmado, este quizá sea en el que menos podemos ver al Tarantino que esperábamos o conocíamos, y en el que curiosamente más Tarantino hay.

Se ha masturbado, y perdonen la expresión, para sacar todo lo que tenía dentro en este su penúltimo largometraje. Y lo ha hecho sin importarle quién, ni cuándo, ni dónde, ni con quién, ni cómo iba a verla cualquiera de nosotros. El principal e indiscutible público de esta cinta es un tipo llamado Quentin Tarantino. Para mi, a todas luces, uno de los cinco mejores cineastas de toda la historia.

El director más personal y ecléctico de las últimas tres décadas del cine ha olvidado que pertenece a un negocio en el que producto y espectador forman un tándem indisoluble.

Pero, por suerte, él es un producto en si mismo.  Una marca, un género, un título. Cuando vamos al cine, normalmente vamos con la idea de ver un tipo de películas: de acción, de amor, del oeste, de guerras, de suspense, de terror… o de Tarantino. Esto le otorga al cineasta el poder absoluto para jugar con sus propias reglas, en su propio campo y con el equipo que él elije. No compite contra nadie salvo con él mismo y resulta tan pretencioso como admirable. Es una especie de Dios que no gobierna a nadie y al que nadie le gobierna.

Honestamente, si me evado de la perspectiva del espectador, debo estar de acuerdo con lo que ha hecho. Cualquier artista o creador debe revisarse, debe explicarse a sí mismo, debe contar lo que quiere contar sin pensar en el entorno. Ser artista significa expresarse desde un punto de vista nihilista y exento de convencionalismos. El artista siempre es un creador independiente que por daño colateral puede acabar siendo un producto de la colectividad. No es posible abstraerse del todo. Todos acabamos siendo referentes y referencia de algo o alguien.

Somos inexorablemente fruto de una recolección sensorial basada en el consumo. Toda proyección social y cultural que nos alimenta acaba siendo el eco de nuestra inspiración y en consecuencia parte de nuestra propia identidad.

Por eso, la balanza entre lo que se muestra y lo que se siente, debe tener un equilibrio más o menos lógico. Y ahí es donde esta vez ha sido algo egoísta (entiéndase el término) el bueno de Tarantino. Pero lo ha sido con todas las de la ley.

Con Érase una vez en… Hollywood se ha marcado un metacine al cubo elevado a la enésima potencia.

Un homenaje absoluto al Hollywood de esa época, al modo de hacer cine, al modo en que el cine influía en el mundo y sobre todo en la vida de los que se dedicaban a ese negocio. Y lo cierto es que es una alabanza plagada de innumerables guiños y referencias que a mi juicio tienen bastante sentido para con lo que pretenden, que es entregar una entrañable y alocada nostalgia cinematográfica, hallamos una escena tremendamente entretenida e interactivo.

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Y sí, todo tiene mucha más trascendencia que una mera sucesión de anécdotas. Y no, no es larga, bueno sí, lo es, pero para nada sobra un segundo de metraje. Todo tiene absolutamente sentido y sensibilidad. Todos los planos a priori intrascendentes, todas las tramas y subtramas. Por supuesto, la construcción de los personajes y la relación entre ellos es esencial en la trama; y funcionan tanto separados como en conjunto. Con ellos, Tarantino ha puesto vida y realidad a sus recuerdos, sus pasiones y sus deseos.

No quiero hacerme pesado, pero si repasamos la sin par trayectoria del director, encontramos varios indicios que nos llevan a pensar que esta película tiene todo el sentido del mundo ahora mismo.

Nos vamos a 1992 y nos topamos con la que es considerada como la mejor película Indie de la historia, ‘Reservoir Dogs’. En ella se descubrió la capacidad narrativa de Tarantino para mantener latente una trama pausada que en cualquier momento puede estallar.

Dos años después llega su marca de la casa, su séptimo sello, su caballo ganador, su ‘Pulp Fiction’. Y nos desmontó el cine por completo. El séptimo arte ya nunca fue lo mismo tras esta película. Rompió todos los cánones establecidos y abrió, con esta cinta inolvidable, la tendencia referencial, visionaria y revolucionaria en el celuloide.

En 1997 llega ‘Jackie Brown’ y con ella rescata el Blackexploitation. Tarantino empieza a revisionarse a él mismo, empieza a dar signos de que le importan bien poco las modas y las corrientes. Él marca su propio guión y define sus movimientos y señas.

Seis años después aparece el fenómeno ‘Kill Bill (Vol. 1 y 2)’ o cómo la violencia puede tener una estética indefinible. Una genialidad exenta de explicación alguna. Una película digna de estudio, que sin duda alguna, inventó un estilo de personajes nunca vistos y un estilo narrativo tan paradigmático como inverosímil. Esta, quizás sea la película que más redefine, referencia y equilibra lo que el espectador entiende por el Género Tarantinesco.

Death Proof’. Tarantino se pierde en una ola de referencias y violencia extrema sin la profundidad narrativa de que hacía gala. Mantiene su estética y la perfecta técnica con la cámara, el montaje y la edición pero pierde la brillantez que había mostrado hasta el momento. Quizás con una razón.

Hacer de ‘Malditos Bastardos’ una resurrección y reedición de su estilo. Tarantino vuelca en esta cinta, con su insurrecto e irreverente lenguaje cinematográfico, su pasión por el cine de espías y hace una canonización de los finales, dotándolos de una absoluta declaración de intenciones. La cámara lenta se vuelve a regocijar en la acción y la violencia. Sin embargo el efecto de esta película es su descomposición de los géneros. El cine bélico y el histórico son otra cosa en manos de Tarantino.

Django: desencadenado’. No os lo vais a creer, pero era mi favorita hasta ahora. Sí, por encima de Pulp y Malditos. Es así, mi predilección por el Western me impide ser objetivo. Y como en el caso anterior, Quentin redefine los géneros, en este caso el Western. La exaltación de los personajes, del villano, del antihéroe y de los capitulares, el exquisito y ácido humor, y los ingeniosos diálogos. Eso sí, el final podía haber sido menos desmesurado. Es aquí donde Quentin deja de ser cineasta para ser escritor.

Y lo continúa siendo en 2015 con ‘Odiosos ocho’. Su octava sinfonía. Una de esas tramas de cocción lenta en donde mezcla la intriga más Christie con el western de melodía Morricone. Lo malo es que esta canción era poco novedosa y muy extensa.

En cierto modo, ‘Erase una vez en Hollywood’ puede que sea un poco de todas las anteriores, o nada. Puede que sea un mucho de Tarantino, o nada. Puede que sea lo que el escritor y cineasta quería hacer antes de cerrarnos su decálogo. Quizás necesitaba decirse algo a sí mismo antes de decirnos adiós a todos.

Y lo ha hecho. Esta novena película de la que llevamos meses haciendo cábalas, oyendo secretos y anécdotas, escuchando especulaciones es el resultado de toda una vida. Y además, la película que reúne por primera vez a dos monstruos de la pantalla. A los dos rubios. Dicaprio y Pitt. La química entre ellos es absolutamente arrolladora.

Son dos de los mejores actores de su época, y lo han demostrado con creces en este largometraje. Largo, nunca mejor dicho. Tarantino ha sido capaz de sacarle aún más partido al registro y el carisma de estos dos actores del que ya tenían, y eso es el principal atractivo que tiene la película para el espectador.

Al margen de estos dos tipos, la película tiene mucho rollo y esa banda sonora compuesta por un surtido de numerosos temas sesenteros que se escuchaban a diario en la emisora de radio KHJ en Los Ángeles de California, ayuda a imprimir un ritmo muy molón a una trama que lejos de parecer lenta, tienen una cadencia pausada llena de dinamismo. SI a eso le sumas que el director es un maestro en el uso de casi todos los planos, formatos y tiros de cámara, pues se convierte la pantalla en un no va más de orgasmo cinematográfico.

Con la participación de la tercera melena rubia en discordia, Margot Robbie, no solo ha vuelto el protagonismo de los pies femeninos, sino el de un personaje que siempre andaba a la sombra de su marido y de su asesino. Tarantino coloca a Roman Polanski y a Charles Manson a la sombra de Sharon Tate.

Creo sinceramente que la trama paralela, entrelazada con sutileza, inteligencia y naturalidad, es extremadamente necesaria para causar tensión, crudeza y oscuridad en la cinta; y sin duda para redondear el sentido de la ficción que crea en su mundo real. Y es que otro de los aciertos de Quentin es la forma tan fina en la que hilvana ficción y realidad.

¡Y qué coño! Qué mejor forma de meter en esta película la violencia extrema tan propia de su estilo que utilizando el mayor escenario sangriento de los sesenta en Estados Unidos. Ya sabéis cual. Eso sí, pese a la cantidad de licencias que se toma, no distorsiona apenas la esencia de la verdad de los hechos, ¿o sí?

A fin de cuentas, y la realidad de todo este asunto es que Quentin nos descubre su declaración de intenciones:

El cine es capaz de cambiarlo todo, de cambiar la vida de la gente. De contar la historia de nuestra vida, tal y como queremos contarla.

Lo único malo de la película es que lo suficientemente larga como para que te entren ganas de mear y no poder ir para no perderme ni un puto segundo. Y los que vayáis con algo preconcebido a verla, dejadlo en casa. A Tarantino se va a no esperar nada más que a disfrutar de lo que te de, que es mucho.

 

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