Análisis del primer capítulo de la temporada 5 de Black Mirror

Black Mirror, esa miniserie antológica de relatos creados por Charlie Brooker que ganó adeptos de la misma forma que un vídeo viral gana visitas en cuestión de minutos: Con buenas dosis de impacto, oportunismo y morbo. Ese era el ADN de una serie que logró convertir el futuro en presente, que logró concienciarnos de la decadencia de nuestros actos, que logró convertirse en juez y verdugo de nuestras emociones.

Ese espejo negro que nos refleja a todos ha vuelto con su quinta temporada y lo ha hecho con alguna de sus señas de identidad. Por ejemplo el hecho de que tan solo tenga tres capítulos, emulando a las dos primeras temporadas, justo antes de que Netflix irrumpiera en la serie, doblando el número de episodios y trasladando las tramas más allá de la frontera británica.

Pero esta vez, aunque recupera la tecnología y la virtualidad en sus historias, sin duda sirve como un complemento para el factor humano, y no a la inversa. De alguna forma nos incita a pensar que la tecnología es como un cuchillo, y depende de cómo lo uses, puede tener un resultado positivo o negativo para ti y tu entorno.

Con todo, la parte conceptual sigue presente en cada relato, pero Charlie ha dibujado una atmósfera más íntima, dramas más emocionales y situaciones que no impactan por su violencia o fanatismo, sino por su capacidad reflexiva y moral sin alejarse en el tiempo, sin desplazarse a años futuros ni crear sociedades demasiado dispares a la que tenemos hoy día.

El factor humano. Vuelvo a repetirlo porque es el hilo conductor de una nueva temporada que avanza con una tonalidad más pausada pero con la estética igual de depurada y sugestiva que las anteriores. Y aunque da igual por dónde empieces o por dónde termines, enfocaré este análisis en el primer capítulo según la estructura que propone Netflix, Striking Vipers, a mi juicio el mejor, sin ser ninguna maravilla.

Es posible que este episodio genere ambigüedad, pero solo lo hace hasta que comprendes lo que nos quiere contar. A veces, esperamos tanto de nuestro entorno y de nosotros mismos que no nos percatamos de que la simpleza es la más certera evidencia de la realidad.

Striking Vipers es la prueba de la universalidad de los sentimientos. Hay emociones que comprende todo el mundo, que experimenta todo el mundo, con los que juega todo el mundo. Charlie juega con ellos y con nuestra psique como un verdadero mago. Es capaz de contarnos algo muy íntimo de forma que parezca un estereotipo genérico, y de hacer que algo genérico parezca un auténtico drama intimista.

El amor, la fidelidad, la madurez, la sexualidad, las relaciones sentimentales, la familia, la amistad y la masculinidad son los conceptos que explora este primer capítulo de la nueva temporada, tomando como vehículo el estímulo. La sociedad en la que vivimos avanza de forma ponderada hacia la inmediatez y la necesidad de sentir estímulos, experiencias y sensaciones de todo tipo para encontrarnos a nosotros mismos y para poder interactuar con nuestro alrededor. La realidad virtual es el juego dual que sinergia la trama, estableciendo una doble moral y una zona de riesgo que debe equilibrarse.

Anthony Mackie (el Falcon de los Vengadores) se adentra en la piel de un personaje apagado y apesadumbrado, correctamente acompañado por los otros dos protagonistas de la historia. Juntos llegan a un final que sin duda gira hacia el optimismo en contraposición a lo que acostumbraba la serie en sus anteriores temporadas. Y, aunque este capítulo no asume excesivos riesgos técnicos ni narrativos, sin duda abre una puerta hacia un nuevo Black Mirror sin perder del todo la vista del espejo en que se reflejaba.

 

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