Crítica de Los Hermanos Sisters

Jacques Audiard revisiona el género western aportando su toque personal

El sonido de un revolver es en sí mismo una banda sonora. Si además suena en la oscuridad, la explosión de la pólvora se convierte en fotografía. Así comienza Los hermanos Sisters, disparando en la oscuridad, y hace de ese escenario negro su tónica estética.
Son hermanos y se apellidan hermanas. En plena fiebre del oro, dos matones a sueldo salen, por orden de su jefe, en busca de algo sin tener muy claro el por qué de esa búsqueda. En el camino, se encuentran con su alma negra y desgastada. Joaquín Phoenix (al que pronto veremos en la nueva versión de Joker) y J.C. Reilly (a quien vimos hace bien poco encarnar a Oliver Hardy en el biopic de el Gordo y el flaco) se hermanan para dar luz a los personajes de la novela homónima de Patrick DeWitt, publicada en 2013 por Anagrama.

El western quizás sea uno de los géneros cinematográficos más puntillosos. Por norma general, o te gusta mucho o no te gusta nada. Aunque hoy día acostumbramos el estilo y clima del western en otro tipo de filmes, el género puro del salvaje oeste, salvo por esporádicos títulos que llegan de lustro en lustro, ha ido perdiendo peso y calidad en el celuloide. Es complejo romper con los moldes, pasar esa barrera de lo ya visto y aún así mantener la esencia del género, ofreciendo en conjunto un producto sobrio, comercial y lustroso.

Todos tenemos en la cabeza títulos como Centauros del desierto, La diligencia, Hasta que llegó su hora, El fuera de la ley, Solo ante el peligro, Dos hombres y un destino o Sin perdón cuando hablamos de grandes títulos dramáticos. No cabe duda de que subirse a ese tren resulta complicado, pero es muy meritoria la valentía del director francés Jacques Audiard al tratar con respeto y personalidad un género que en su día alimentó el entretenimiento diario de toda una generación.

Esta cinta de producción francesa (rodada en inglés) y de gran factura técnica bien podría haberla firmado Hathaway, Ford, Hawks, Eastwood o incluso los Coen. Guarda en todo su esplendor el más puro paisaje narrativo y visual del western. Es despiadada, sucia, discursiva, severa cuando debe serlo y ligera cuando toca. No se anda con rodeos pero tampoco resulta nada predecible. Esta en constante movimiento y, sin embargo, soporta una alta carga lírica, recitada con la suficiente crudeza como para saber qué sigues estando en medio del salvaje oeste.

Aunque está pincelada de una oscura comedia y un drama intimista, lamentablemente no llega a ser tan comercial como Django o tan profunda como Sin perdón. Es más bien una aventura a caballo entre lo melodramático y lo picaresco del género y la época.

Al final, y casi rindiendo pleitesía a la mítica Centauros del desierto, como todo viaje que se precie, la recompensa es la vuelta a casa.

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