Riverdale crítica sin spoilers

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Análisis de la serie Riverdale

Riverdale o Rivermierda

Queridísimos lectores del mundo entero y de(l) más allá, en el día presente me aventuro a criticar salvaje y ferozmente una serie que ha marcado un antes y un después en mi atemporal existencia. La serie elegida para sufrir el tormento de mi incisiva diatriba no es otra sino que Riverdale o para los despiertos de espíritu: Rivermierda.

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Era un día luminoso aunque oscuro en lo más profundo de sus entrañas cuando tomé la determinación de iniciar el que sería el periplo más patético de mi tiempo terrestre. Sin otra particular afición a la que dedicar mi valioso tiempo, decidí investigar el catálogo de la multinacional del streaming “Netflix” en busca de una producción audiovisual que tuviera la capacidad de despertar en mí el aliciente necesario para proseguir pestañeando. Presionaba la flecha derecha de mi mando cuando la portada de una serie llamó poderosamente mi enérgica atención; se trataba de una producción norteamericana cuyo título producía cierto magnetismo repelente en mí. Riverdale, ¿sería un pueblo yanqui? Con cierta velocidad sobrenatural activé mi teléfono inteligente en aras de hallar la historia de Riverdale, mas fue en vano; no existía ninguna localidad en los EEUU con tal denominación. Había arribado el decisivo momento de comenzar a ver la serie ofertada por Redflix (Netflix para los delicados).

La ficción desarrolla su argumento en torno al misterioso y fatídico asesinato de Jason Blossom (Jasón Flor para los hispanos), un pelirrojo de pálida tez que constituye el punto de partida de una historia embebida en una tenebrosa atmósfera que evoca nebulosidad emocional e irracionalidad supersticiosa. Desde el primer capítulo, los creadores presentan memorables escenas que dan cuenta del alto presupuesto con el que cuenta la serie, pero que evidencian la indigencia argumental de la misma. Los personajes encarnan estereotipos de la clásica mitología adolescente norteamericana; chicos hermosos y varoniles, féminas histriónicas que emplean sugerentes colores de pintalabios y se dedican a tiempo parcial al cheersleaderismo. El desarrollo psicológico de los personajes es tan sumamente escaso que en ciertas ocasiones pareciera que se trata de “teenrobots” (robots adolescentes). Hombres y mujeres regidos por un ethos postmodernista aborrecible que predican heroísmo cuando son los arquetipos de la decadencia más penosa jamás acaecida.

En ciertos momentos, la trama es sometida a tal reducción a lo necio e incoherente que uno se cuestiona si quizá debiera denunciar a aquellos que han participado en tamaño despropósito audiovisual. Si la calidad argumental brilla por su ausencia,  la idiotez individual y colectiva encandila por su omnipresencia. El guión se permite el lujo de poner en boca de ridículos y sobreactuados personajes palabras que referencian conceptos abstractos tan complejos y loables como son el amor y la amistad. La vida y la muerte son instrumentalizadas en pos del sensacionalismo vomitivo que es la seña distintiva del país post-indio.

Giros inesperados que son esperados, flashbacks útiles que son inútiles, así como prolepsis que producen urticaria nos conducen a velocidades de vértigo a la inexorable conclusión de que Rivermierda  no es más que es una broma altamente pesada; un tabaco infumable. Riverdale es un acto terrorista contra la inteligencia humana, una blasfemia intolerable en contra de la estética sublime; en definitiva, un producto de nuestro tiempo y para él.

Para concluir, me gustaría recomendar encarecidamente a todo humano que lea este artículo que no pierda ni un segundo de su preciada vida en ver Riverdale.

JKuicast

@jesuskuicast

 

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