Análisis del documental de Netflix: A los gatos ni tocarlos

¿Qué papel desempeñan las redes sociales en la actualidad? En manos de quien las utilice pueden ser un arma o una herramienta potente de comunicación.

Tú, que posiblemente te halles leyendo este artículo desde una tablet o móvil, que quizás hayas accedido a este contenido desde alguna de red social; debes ser el primero en plantearte el uso que estás haciendo de esta nueva tecnología de la información. ¿Es un uso responsable?

Las redes sociales no son malas per sé, pero quizás si están trasladando al ser humano hacia una deriva peligrosa. Muchos nos asombramos de algunos episodios de la serie Black Mirror, pero, ese futuro que nos plantea Charlie Brooker está a la vuelta de la esquina, y da miedo, mucho miedo: en algunos clubes sociales de Japón ya se pide como requisito para acceder un determinado número de seguidores. Algo muy parecido a lo que vimos en el episodio Caída en picado de la serie.

Tengo que reconocer que no soy muy amante de los documentales, la mayoría vienen con un halo morboso que no me interesa para nada. Pero, sí es cierto que soy un entusiasta del género noir, revitalizado por la nueva corriente true crime que parece instalada en las nuevas plataformas on demand.

Muchas personas a las que tengo en alta estima me recomendaron encarecidamente este documental: A los gatos ni tocarlos. Y por una vez, decidí asomarme a este género.

Mi primera barrera de entrada fue el pensar que se trataba de un documental de Netflix sobre la viralidad de determinado tipo de contenido que circula por las redes sociales: bebés, perretes simpáticos o gatetes realizando hazañas improbables.

Bueno, sí, el documental Don’t Fuck with Cats habla de eso. Y de mucho más. En realidad nada es lo que parece. Y no os contaremos nada para que el impacto al visionarlo sea mucho mayor.

El punto de partida es un vídeo real que apareció misteriosamente en Youtube en 2012. En él, el espectador podía comprobar horrorizado como una persona a la que no se le veía el rostro —pues este permanecía oculto tras una capucha de cobardía— maltrataba y asesinaba en directo a unos indefensos gatitos.

Por supuesto, Netflix ha sabido tener la suficiente elegancia de no mostrar el contenido de ese vídeo, pero se intuye la crudeza de tal acto de cobardía. De hecho, espero que el vídeo haya sido retirado de la plataforma.

Lo que subyace a este excelente documental es el hecho de que en esa época el vídeo se convirtiera en un fenómeno viral. ¿Quién tiene más culpa: la gente que viralizó el vídeo con sus descargas o el asesino de gatos? Posiblemente, todos.

Así que el documental comienza fuerte, muy fuerte. No apto para almas sensibles o para personas que conviven con mascotas. Pero claro, la escalada de violencia va incrementándose con el paso de los tres episodios de los que consta el documental.

Si algo me han enseñado las series de televisión es que los psicópatas con comportamientos peligrosos comienzan a experimentar sus macabras obras con animales. Así que el documental nos está narrando la historia de un psicópata homicida que va incrementando el contenido violento de sus vídeos hasta límites insospechados.

A los gatos ni tocarlos es por todo esto: impresionante. En ningún momento imaginamos lo que va a suceder en el siguiente minuto. Como se suele decir, la realidad siempre echa por tierra los planes de la ficción. Y eso es lo que engancha de esta producción: el hecho de que esta historia sucediera de verdad en 2012.

Si algo me enseñaron también series como Dexter, Mindhunter, Bates Motel o Hannibal; es que este tipo de personalidades pecan de un narcisismo exacerbado, de unas necesidades apremiantes de realización o aprobación por parte del resto de personas. También, que estos comportamientos suelen surgir por la mezcla explosiva de infancias traumáticas y carencias afectivas severas.

Gran parte de la población tiene conductas sociópatas, pero solo un pequeño porcentaje desarrolla agresividad o comportamientos asesinos.

El psicópata asesino comienza a sentir una desconexión con un mundo que no entiende, que le ha vuelto la espalda. Eso lo precipita hacia una falta de empatía, por lo que no siente nada al maltratar a unos gatos o incluso a humanos, y hasta aquí puedo leer.

Es cierto que todos llevamos una máscara, una máscara social que nos ponemos para permitirnos actuar en determinadas situaciones. Estos enfermos mentales también llevan una máscara, bastante reluciente, diría yo: son personas guapas, atractivas, incluso, en ocasiones, triunfadoras. De ahí, que detectar estas conductas a tiempo sea tan complicado.

Un consejo: ante jefes, amigos, familiares que intenten pisotearte, chantajearte emocionalmente o muestren este tipo de conductas psicopáticas; la única solución es alejarse.

La producción del documental es impecable, no muestra nada que no sea necesario. Consigue poner un micro a todas las personas que estuvieron involucradas en el caso, incluso familiares que defienden la conducta deleznable del protagonista. Netflix se arriesga en ofrecer el testimonio de las dos partes, lo que imprime un sello riguroso y periodístico.

La historia se centra en un grupo de personas —unos frikis, para entendernos— que deciden emprender una cruzada a través de Facebook para desenmascarar a ese peligroso maltratador, el cual, incluso pone en riesgo sus vidas y amenaza con asesinar a personas para luego publicarlo en Youtube.

El documental es una producción propia de Netflix. Ha sido creado por Dimitri Dogaris y Adam Hawkins que ya tienen algunos otros documentales interesantes como El impostor, o American Animals.

Aunque no es un documental muy explícito, sí que puede herir sensibilidades y provocar una cierta sensación de estrés, casi terror, al mostrar como ese perfecto desconocido, ese vecino o ese compañero de trabajo puede esconder una personalidad rota y peligrosa. Cuidado…

Puedes leer más análisis sin spoilers en nuestra sección: críticas de series.

Fuente foto: Fotogramas.es

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