Analizamos en profundidad y sin spoilers las dos temporadas de Big Little Lies

En 2004 Marc Cherry creó una serie revolucionaria, Mujeres Desesperadas, harto de no encontrar ninguna serie en televisión que reflejara la realidad de las mujeres de principio de siglo mientras visionaba desanimado todo tipo de programas junto a su madre. La serie, aunque interesante en sus inicios, nunca llegó a tener la profundidad que se exigía a un estudio acertado de la mujer. Comedia y thriller mezclados con acierto, sí, pero con la poca trascendencia que se presupone a un network como ABC.

Muchos quisieron comparar la serie Big Little Lies como la nueva Mujeres desesperadas. Quizá la comparación no es desacertada salvo por el hecho de que la serie de HBO sí supo eliminar la pátina de culebrón-telefilm de sobremesa para realizar una profunda disección de la mujer y de temas universales: familia, trabajo, relaciones, falta de comunicación, ego, amor, sexo.

Es cierto, tardé más tiempo del debido en engancharme a esta serie. No las tenía todas conmigo, no quería enredarme en los tentáculos enrevesados de un culebrón del siglo XXI. Nada más lejos de la realidad. Big Little Lies es una de las mejores series del siglo. Así que, como si uno de los flashback de la serie se tratara, ahora recuerdo con una sonrisa a quien me la recomendó encarecidamente.

Big Little Lies llegó en el momento en el que la televisión la necesitaba. Las reacciones del #MeToo y el empoderamiento de la mujer no habían tenido su necesaria respuesta catódica. HBO decidió reunir un reparto, nunca antes visto en televisión, para narrar una historia sobre mujeres —y hombres— que se precipitaban al comienzo del siglo con pies de barro.

Una historia sobre el necesario empoderamiento de la mujer. La caída a los infiernos de unos personajes tan rotos por dentro, como su necesidad de mantener las apariencias en una sociedad tan superficial como la que nos encontramos en la actualidad. Todo seguirá en orden si seguimos ofreciendo fiestas cargadas de postureo o acumulamos likes en nuestras redes sociales.

Las nuevas series de esta conocida como tercera edad de oro de las series han proclamado el triunfo del antihéroe. Personajes tan imperfectos como nosotros, con los que empatizamos rápidamente. Quizá se echa en falta más mujeres protagonistas, pero los personajes femeninos en esta nueva forma de realizar televisión es fundamental. En la mayoría de series son ellas las que mueven los hilos a su antojo, y las que consiguen sus objetivos a través de su personalidad, el sexo o su inteligencia. A destacar: Carol, una de las verdaderas lideresas en el apocalíptico mundo de The Walking Dead. Nora, la verdadera protagonista de The Leftovers (una de las mejores series del siglo). Claire Underwood, en su lucha por el poder en House of Cards. O las princesas guerreras de la serie Vikings, las cuales consiguen sus objetivos a través de explorar caminos muy diferentes como la guerra (Lagherta) o el sexo (Aslaugh). Y, por supuesto, en Juego de tronos con Cersei o Daenerys.

No te pierdas nuestro artículo: Mujeres en las series de televisión.

Big Little Lies actrices

Para Big Little Lies HBO decidió echar mano de un reparto sensacional –quizás irrepetible– formado por algunos de los actores y actrices de más talento. Entre ellos, destacar a Alexander Skarsgård. Uno de los chicos de moda en Hollywood. No hay proyecto interesante en el cual no suene su nombre. Inconmensurable en cada escena, incluso en las cargadas de violencia extrema. Un actor que emana talento a raudales con ese rostro impertérrito, tan frío como los países nórdicos de los que proviene. Líder de un grupo de actores muy a tener en cuenta: Bill Skarsgård (Castle Rock, It), Ulrich Tomsen (Counterpart, Banshee), Gustaf Skarsgård (Floki en la serie Vikings), Stellan Skarsgård (Chernobyl o River). Sí, los apellidos son idénticos y un auténtico galimatías ortográfico pero los actores nórdicos están de rabiosa actualidad por su talento.

No es de extrañar que David Simon (The Wire) le diera la alternativa en la imprescindible miniserie de HBO Generation Kill. Y después le llovieran papeles —cada vez más alejados del cine de acción— como en Melancolía (Lars Von Trier) o True Blood.

Por su parte, el otro papel masculino relevante recae sobre Adam Scott —uno de mis personajes favoritos— al que por fin podemos ver alejado de sus papeles de malo o psicópata demente. Un premio para su carrera poder interpretar a uno de los personajes más humanos de la serie, intentando alejarse de los cotilleos de Monterrey. Él, está hecho de otra pasta y su código moral no obedece a las directrices de la alta sociedad —o alta suciedad como diría Calamaro—.

Girl Power

Pero aquí las protagonistas son ellas: Reese WitherspoonNicole Kidman, Shailene Woodley, Zoë Kravitz y Laura Dern.

Su sola presencia en pantalla es motivo para ver la serie. Difícil quedarse con alguna, pero, ¿por qué narices me tengo que quedar solo con una?

Quizá por inesperado, cabe destacar el trabajazo de las dos más desconocidas: Woodley y Kravitz. Ambas representan un nuevo modelo de mujer que se aleja de los convencionalismos de una américa elitista que parece tener las horas contadas. Ambas son dos versos libres, animales fuera de hábitat, a las que la presión social les puede afectar tanto como las toneladas de agua que alberga el omnipresente océano que marca el ritmo increscendo del drama en la serie. Kravitz hace contener el aliento en cada escena que aparece, mucho más en la segunda temporada, en la cual recibe el peso que merecía el personaje.

Nicole Kidman, por su parte, es una fiera. Su sola presencia llena la pantalla y confirma que no se esconde ante ningún tipo de escena. Pasa del llanto a la risa como el que se cambia de blusa. Y se enfrenta a un papel maravilloso sin dar la sensación de que tiene que demostrar lo gran actriz que es en cada plano. Sublime.

«Los que amamos no se van, se sientan a nuestro lado todos los días».

Laura Dern es también muy destacable, quizá más en la segunda temporada la cual parece hecha a su medida. Desmelenada tras romper el corsé de sus primeras tramas. Ahora representa los conflictos y ansias de una pija redomada y sin escrúpulos. No en vano, la mayor parte de memes que han circulado en redes sociales tienen a ella como protagonista. Su ataque de ira, bate en mano, ante la postura pueril del pelele de su marido es una escena antológica. Pero, particularmente, me quedo con su frase sobre el dinero y el cambio climático: «Por mí, como si le compro un puto oso polar a cada niño de la escuela».

«Por mí, como si le compro un puto oso polar a cada niño de la escuela».

La gran sorpresa —o ya no lo es tanto— ha sido Whiterspoon. Poco o nada queda ya de aquella advenediza que aterrizó en el star system con la saga Una rubia muy legal. La actriz parece haber nacido para este papel. Te crees cada gesto, cada intento por montar la mejor fiesta del barrio, cada argumento para convencer a su hija de que debe acudir a la universidad para que la joven no acabe siendo una persona vacía como todos sabemos que es ella.

Por último, Meryl Streep. lección magistral la que ofrece la veterana actriz con sus golpes cargados de flema y compostura, los cuales enmascaran lo frágil y vulnerable que es tras la muerte de uno de sus hijos. Una mala madre, o quizá simplemente una madre sin más. Los padres son personas, como tú y como yo, no cuentan con un manual de instrucciones para educar a sus hijos. Son personas con sus matices, con sus días buenos y sus días malos. Con dudas, fisuras. Poco o nada tienen que ver con la perfección que intentan proyectar hacia sus hijos.

Creando una peligrosa herencia

Y es que aquí radica una de las principales reflexiones de la serie. La personalidad se halla muy marcada por nuestra infancia. Ese momento de nuestra vida en el que nuestro cerebro no se encuentra todavía plenamente desarrollado.

Los traumas infantiles de Bonnie —tan maltratada por su madre como por la ineptitud de su padre— se encuentran sepultados bajo infinitas sesiones de yoga y comida vegana,. Finalmente salen a la luz de forma violenta cuando se enfrenta a una situación de peligro con Perry (el marido de Celeste).

Renata reconoce que todas sus ansias de poder se basan en tratar de dirigir la vida de su mimada hija, con tal de que la niña no atraviese las penurias que ella sí tuvo que soportar de pequeña.

Jane lucha contra viento y marea para que su hijo sea la persona más dulce y cariñosa del mundo —quizá repetir a alguien que es la persona más buena le crea una presión que no siempre es constructiva—.

Madeline obliga a su hija a ir a la universidad como única vía para la realización personal.

Y Celeste, siempre Celeste, aterrada por comprobar como esos gemelos comienzan a mostrar los signos de un psicópata en potencia. La presencia de los niños en escena es siempre turbadora, con esa mirada fría y distante que nos hacen pensar: con ellos en plano siempre pueden ocurrir cosas siniestras.

Big Little Lies Zoe Kravitz

La doble moralidad

La primer temporada se desenvuelve con maestría entre el thriller policial y el melodrama. Diseccionando ese 1% de la sociedad mundial que tanto nos irrita —sobre todo a los que somos pobres y alguna vez soñamos con vivir en esas mansiones—: la de los ricos que viven ajenos a la realidad en una especie de dimensión paralela. Les importa una mierda el cambio climático siempre que el grupo de moda actué en su fiesta particular.

«Quédate con los chicos buenos. Los chicos malos no te traén café a la cama».

Una microsociedad asentada por los rumores, los cuchicheos y las apariencias. Se tambalea cuando una de las piezas se sale de la norma y amenaza la tensa tranquilidad de ese pueblo tan precioso como oscuro. Ya nos lo mostró American Beauty (Sam Mendes, 2000): la felicidad impostada de la sociedad americana esconde montones de mierda bajo sus alfombras, creados por esa doble moral en la que un padre de familia fantasea con la amiga de su hija y consume drogas, al tiempo que no se puede mostrar una teta en la tele.

No te pierdas este curioso artículo anterior: ¿Dónde está el pueblo de Big Little Lies?

¿Era necesaria una segunda temporada?

La serie arrasó en su primera temporada. No olvidemos que siempre fue concebida como una miniserie que ofrecía un fantástico final abierto. Y como tal, obtuvo una lluvia de premios y nominaciones.

Kidman y Whisterpoon, como productoras ejecutivas, vieron la oportunidad de alargar un proyecto hecho a su medida, por lo que convencieron a HBO para estirar el programa. HBO tragó sin más remedio, pese a que algunas de las actrices multiplicaran por cuatro su salario. Una apuesta arriesgada para la cadena sobre todo tras la salida de uno de los creadores de la serie. El director y showrunner de la primera temporada, Jean-Marc Vallée, nunca lo vio claro y decidió bajarse del barco antes de que se hundiera. Y así de abierto lo reconocía en una entrevista:

«Hacer una segunda temporada… No estoy convencido. ¡Sigamos adelante y hagamos otra cosa! Si hay una oportunidad de reunirme con Reese, Nicole y estos personajes, por supuesto, seré parte de ello, pero Big Little Lies es un contrato de una sola vez. ¿Una segunda parte? Baah. El final es para que la audiencia hable. Imagina lo que quieres imaginar y eso es todo. No te daremos una segunda temporada, porque este final es así de bueno. ¿Por qué estropearlo?».

Problemas en el set de rodaje

Para conseguir un golpe de efecto, Kidman y Whisterpoon se empeñaron en entregar el proyecto a una mujer. Para ello confiaron en una de las directoras con más talento del momento, a la que se le augura una prometedora carrera: Andrea Arnold (Fish Tank, American Honey).

Big Little Lies carcel

La nueva showrunner solo puso una condición para la segunda temporada de la que se haría cargo: libertad total para su creatividad. HBO pasó por el aro —otra vez— comenzando el rodaje de una nueva entrega que muy pronto saltaría por los aires. Y es que la visión de Arnold sobre la serie se basaba en un producto mucho más intimista, más minimalista: recurriendo, por ejemplo, a un otro ritmo narrativo y a espacios cerrados. Nada de escenas preciosistas en la playa.

El resultado fue una temporada que no convenció a nadie, no porque no estuviera bien realizada, sino porque se había creado algo que poco o nada tenía que ver con la primera temporada. Así que HBO decidió volver a a hablar con Jean-Marc Vallée para suplicarle que hiciera algo con el metraje grabado.

Vallée decidió pasar la serie de Andrea Arnold por la sala de montaje y darle su personal toque como pudo. HBO parece que ahora sí quedo contenta. Big Little Lies volvía a ser Big Little Lies. Prueba de ello es que en los créditos del opening observemos a casi 10 personas enunciadas como editores y al final de cada episodio una agradecimiento especial a Jean-Marc Vallée. Algunas víctimas por el camino: en esta segunda temporada ni rastro de la emotiva canción September Song que en la primera servía de leitmotiv a las escenas. Una pena. Además de el hecho de que la opinión pública no se tomó muy bien que un hombre arreglara el trabajo de una mujer. Nunca sabremos con exactitud lo que sucedió de puertas para adentro en HBO y en el set de rodaje.

Siempre quedará la duda de cómo hubiera sido la serie si Vallée hubiera dirigido la segunda temporada. Pero también de cómo fue el primer intento sin cortes de Andrea Arnold. Al final, nos hemos quedado con una especie de híbrido que parece no contentar a nadie. Y eso se nota. La segunda temporada de Big Little Lies pierde la fuerza de la primera. La sociedad de Monterrey queda algo más desdibujada.

«Es porque vivimos en una sociedad obsesionada por la belleza, donde lo más importante que puede hacer una mujer es hacerse atractiva para los hombres».

La serie se desmarca de la novela

La calma narrativa que Vallée da a sus proyectos también se pierde. Las tramas quedan algo descompuestas y casi no se profundiza en los personajes. No vemos nada de ellos que no supiéramos. Quizá solo en el personaje de Zoe Kravitz, de la que sí descubrimos su tormentoso pasado. Claro. Es que esta pare de la historia es la única que sigue siendo adaptada del libro, la cual no se pudo meter en la primera temporada por cuestiones de metraje.

Cuando una serie avanza alejada del libro original que adapta la cosa suele desbarrar. Si no que se lo digan a Dexter: la serie cayó en picado tras la cuarta temporada.

Es cierto que Liane Moriarty (escritora de la novela homónima) se encargó personalmente de ampliar la historias de sus protagonistas para el nuevo guion, pero la serie queda algo más desvirtuada. Se le ven las costuras en algunas tramas.

Pese a todo, la segunda temporada me ha gustado muchísimo, y cierra una serie magistral, de diez. Esperemos que los nuevos intentos de HBO para estirar la serie no lleguen a buen puerto. Según ellos mismos han reconocido, sería muy complicado realizar una tercera temporada. Simplemente por lo complicado de la agenda de sus protagonistas. Pero eso mismo dijeron con la primera temporada y ya conocemos el desenlace de los acontecimientos.

Conclusión sobre Big Little Lies

De Big Little Lies subyace una idea: la falta de comunicación. La incapacidad actual para expresar lo que sentimos nos puede llevar a lugares muy oscuros de nuestro alma. La gran mentira de la serie —como se reconoce en el último episodio— corresponde a esa amistad impostada que las protagonistas mantienen para salvaguardar un secreto que las atormenta y las hace desmoronarse una a una. La incomunicación es un arma peligrosa que crea traumas desde las edades más tempranas. Problemas psicológicos que se manifiestan en la madurez y que lamentablemente se transmitirán a nuestros hijos.

Pasarán muchos años hasta que volvamos a ver una serie como Big Little Lies. Simplemente una obra maestra. Nunca antes se había hecho una disección de un sector de la sociedad tan acertado y milimétrico.

Posiblemente, nunca veamos un reparto tan espectacular como este. Jean Marc Vallée se confirma como uno de los grandes cineastas del siglo, avalado por trabajos tan interesantes como C.R.A.Z.Y. o la inclasificable Café de Flore.

El director es el responsable de esas escenas cámara en mano con personajes que salen del plano de forma abrupta, creando una sensación de tensión en el espectador. De esas escenas en las que el mar acompaña el soliloquio de las protagonistas al buscar la calma contemplando la inmensidad del océano, pareciendo que sus problemas ahora son ínfimos. De ese tono tamizado que lo cubre todo de una melancolía intimista y maravillosa. De una banda sonora sublime. ¿Quién no se ha marchado alguna vez a la playa en busca de respuestas?

HBO ha sabido tratar bien a un cineasta que a buen seguro le dará muchas alegrías. Fruto de esta nueva relación es la serie Heridas abiertas. Otra joya de HBO que fue una de las grandes revelaciones de 2018, la cual nos recuerda, y mucho, a Big Little Lies. Especialmente por la atmósfera asfixiante —en este caso un pueblo de la América más profunda— y por esos fogonazos a modo de recuerdo o flashback marca de la casa: para mí lo mejor de Big Little Lies. No se a vosotros, pero a mí me asaltan ese tipo de visiones, que me recuerdan otros momentos pasados de mi vida, cuando vivo determinadas situaciones. Algo se dispara en mí, aunque solo sea durante unos segundos.

Quizá la televisión —y el cine— tiene que seguir acostumbrando al espectador a los finales abiertos. Y quizá por ello, la segunda temporada no hubiera sido del todo necesaria.

El espectador podría haber jugado a imaginar cómo continuaría la vida de estas mujeres después del dramático desenlace de la fiesta de disfraces de la primera temporada. Una cosa permanece clara: hemos disfrutado de una segunda temporada notable. Hemos descubierto algunas cosas que desconocíamos de unos personajes perdidos en sus vidas. Representados por esos gritos desconsolados de Meryl Streep o de Nicole Kidman. Todos ellos personajes rotos por dentro. Aunque, a veces, y solo a veces, es necesario quebrarse para que pueda entrar algo de luz…

Big Little Lies oleaje

Canción September Son de la BSO  de Big Little Lies

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