Análisis de la película Cementerio de animales

El inagotable legado de Stephen King

Si hay alguien capaz de escribir un relato de terror con la típica escena de un animal atropellado por un camión en una carretera secundaria, sin duda era king. Pero claro, había gato encerrado, nunca mejor dicho. El escritor llevó esta fórmula al terreno de lo psicológico y lo sobrenatural utilizando las viejas leyendas de cementerios indios y el atormentado pasado de unos personajes sombríos que nunca acaban de mostrar su verdadera cara.

Sin embargo, en todo ese cuento terrorífico, King nos cuela una metáfora sobre las consecuencias de nuestros deseos, y sobre cómo afrontamos el dolor ante una pérdida irreparable o ante la inquietante pregunta de ¿qué hay después de la muerte? En su respuesta, King confronta la fe con la ciencia, la filosofía o la teología.

Como no, el libro ha acabado siendo la enésima película basada en algún libro de Stephen King. Cementerio de animales (Pet sementery), o lo que es lo mismo ‘Sementerio de mascotas’, si respetamos la falta de ortografía original, la cual se explica dentro de la novela y en las propias películas.

No en vano este es el segundo intento por darle forma cinematográfica a esta historia de terror y suspense que llegó a ser nominada para los «World Fantasy Award for Best Novel» (Premio a la Mejor Novela) en 1984. En 1989 la directora Mary Lambert, con guión del propio King, dirigió con bastante fracaso la adaptación bajo el título ‘Cementerio viviente’. No contenta con ello, en 1992 se atrevió con una secuela más fracasada aún, también guionizada por el escritor estadounidense más adaptado de la historia.

Ahora, en 2019, Dennis WidmyerKevin Kolsch vuelven a intentarlo, dejando esta vez a King fuera del guión, con el consabido y sustancial cambio en ciertas partes de la trama. Aunque, a título personal, esta cinta protagonizada por Jason Clarke y John Lithgow mejora mínimamente la anterior versión, no deja de ser una película de serie B de terror, de serie B de suspense y con el piloto automático de lo convencional activado en su rodaje y edición. El celuloide no alcanza, como en otras muchas ocasiones, el nivel literario.

La atmósfera malsana, oscura, lúgubre, boscosa y tétrica no luce tanto puesto que el foco principal del miedo en la trama no despunta. Es más sombría que terrorífica y más eficiente que ingeniosa. El problema a estas alturas es que todos poseemos en cierto grado una percepción bastante previsible de las historias de King y de cómo suelen extrapolarse al cine, lo cual resta impacto y sorpresa.

El montaje sonoro, que por lo que sea me ha recordado al actual cine de Jordan Peele, es la base que sustenta la tensión narrativa e incluso visual. Los primeros treinta minutos fluyen y crean la inquietud necesaria para que el espectador deposite su interés; pero, a partir de que el terror empieza a colgarse del guión, la intensidad y la sobriedad se descuelgan. Widmyer y Kolsch, siempre anclados al terror, fallan al caer estridentemente en lo más obvio del género, y para cuando quieren arreglarlo, de repente la película acaba.

Además de que el último tercio es excesivamente plano e insustancial, no hay apenas nada, por no decir nada en absoluto, que permanezca en el recuerdo cinco minutos después de acabar la película; cosa que se echa ya en falta en las adaptaciones de Stephen King como pasó con El resplandor, Carrie, Misery o incluso la Milla Verde (por citar mi favorita).

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