El final de todo o de mi confianza en Netflix

Queridísimos y pacientes lectores, tras unos días de incesante visionado de diversas producciones audiovisuales, he tomado la firme determinación de proseguir con mi tarea crítica y dar rienda suelta una vez más al universo de ideas que pueblan mi mente. Hoy le toca el turno a la película El final de todo.

Puedes leer más críticas de pelis sin spoilers en nuestra sección: Críticas de cine.

Es por todos bien sabido que Netflix es la plataforma de streaming líder en consolación de individuos apesadumbrados por la ordinaria y monótona realidad. Muchos niños se aventuran a preguntar perpleja y atrevidamente a sus progenitores si es cierto el rumor que escucharon murmurar a ciertos adultos acerca de la inexistencia de Netflix o sus imitadores (HBO, Amazon Prime) en el pasado reciente.

Es asombroso como el gigante online ha conquistado el mercado audiovisual global, y más aún, como ha saciado definitivamente la sed seriófila de millones de humanos. Su omnipresencia cultural ha ocasionado que niños, asimismo como adultos, precisen de Netflix como la planta requiere del sol para sobrevivir. No obstante, ¿no se estará sobrevalorando la citada plataforma de streaming en demasía? Quizá así sea, ya que la calidad de sus contenidos está dudosamente a la altura de las expectativas proyectadas por sus acérrimos entusiastas.

Sin embargo, tras reflexionar sobre esto, la materia oscura que puebla nuestro cosmos y el calor que hace en el sur de España, entre otras cosas, decidí volver a concederle una nueva oportunidad a Redflix y me dispuse a ver una película made in Netflix: El final de todo.

La película da comienzo mostrándonos que el amor es hermoso y que a causa de este abstracto y misterioso concepto, todo es factible. Excremento de comienzo que repite el manido motivo del amor como última esperanza tras el adverso devenir.

La trama se confecciona mediante la ligazón de relaciones familiares catapultadas, yernos maltratados y suegros despiadados con impulsos enfermizamente protectores: es así como el mundo se destruye. No sería despiadado pensar que los directores de este filme se encontraran haciendo la cena o cualquier tarea baladí mientras escribían el guion de este largometraje, ya que la trama es más simple e insípida que un bocadillo de queso sin una gota de aceite de oliva virgen extra.

La severa adversidad que induce al descontrol y conduce al humano a un estado de supervivencia extrema en el que llorar en el tierno y empoderador hombro de mamá no sirve de nada: este es el “theme” que vertebra el “subject matter” de una trama cuya originalidad brilla por su ausencia.

El climax de la película llega justo en el preciso momento en el que casi nos hemos dormido por falta de estímulos. El final es aguardado con impaciencia e incluso con ansiedad para resultar en una decepción colosal, pues la resolución de conflictos emocionales entre la familia política nunca es suficiente para un buen cinéfilo; sí para un desacralizador del séptimo arte.

El reparto destaca por la belleza de la juventud enamorada y por la destreza interpretativa de grandes como Forest Whitaker (Bosque Whitaker para los hispanos). No obstante, la belleza y la destreza no atenúan la manifiesta reiteración creativa en el desastre apocalíptico como motivo engrasador de la maquinaria argumentativa.

«La última voz audible antes de la explosión del mundo será la de un experto que diga: es técnicamente imposible» (Peter Alexander Ustinov).

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