ANÁLISIS LA PEQUEÑA TIERRA DE DIOS

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La pequeña tierra de Dios repite el tópico de la avaricia humana

En 1958, con una carrera cinematográfica en plena dilatación, Anthony Mann nos regala una de las joyas fílmicas que quedarán como legado artístico e histórico. Sin embargo, La pequeña tierra de Dios (God´s Little Acre) permanece cercana al olvido, y no se encuentra entre las películas más visionadas del director estadounidense. El argumento es sencillo: Tyty, un viejo granjero, lleva quince años cavando junto a sus dos hijos en sus terrenos en la búsqueda del tesoro de su abuelo. Durante todos estos años ha descuidado sus labores de labranza y ha convertido su finca en un campo lleno de agujeros. La avaricia o las ansias de hacerse rico lo llevan a un estado casi de locura. Por otra parte, sus dos hijas viven de distinta forma: Darling Jill, una joven locuela y seductora, trae a todos los hombres de cabeza, con los que juega, sabiéndose atractiva a su mirada. Pluto, un ingenuo aspirante a sheriff cae rendido a sus pies, y Darling Jill aprovecha su embobamiento; la otra hija, Rosamund, está casada con Bill Thompson, quien mantiene un lío de faldas con una nuera del granjero…

godAnthony Mann fue el creador del Western Noir, o de “ennegrecer”, cinematográficamente hablando, un género tan popular como eran las historias en el campo. Supuso toda una revolución, y sus mensajes quedan latentes varias décadas después, y probablemente durante mucho tiempo. Curiosamente, esta película la dirigió cuando estaba casado con Sara Montiel, de quien se enamoró durante el rodaje de Dos pasiones y un amor (Serenade) en 1956. Quizás quedara influenciado por la cultura española, pues en 1961 rodó la exitosa película El Cid, donde se narraba la legendaria historia del héroe castellano.

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La pequeña tierra de Dios es un verdadero drama que muestra a una familia arruinada por el afán imperioso del padre de encontrar el oro. La obsesión es encontrar el oro que los hará ricos en el futuro, y para eso Tyty desearía buscar otros quince años si hiciera falta. Pero, al mismo tiempo, los tintes cómicos hacen que el filme no se atragante en ningún momento. Se exploran los sentimientos y pensamientos más humanos de los personajes, como los celos, la fe o los instintos de supervivencia. Por ejemplo, existe la leyenda popular de que un albino puede ver a través de la tierra, y que por una fuerza indefinible es capaz de encontrar lo que se le pida. Así, Tyty secuestra a un muchacho albino, que no entiende muy bien qué hace en aquella granja. Al final, no es tratado como un ser humano, sino como una herramienta, como un animal de labranza más, y solamente permanece en el lugar porque se enamora de Darling Jill.

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Otra de las situaciones más divertidas que se dan a lo largo de la película es el autoengaño de un Tyty creyente: tienen destinado una pequeña porción de tierra en la que no cultivan ni pueden sacar provecho alguno de ella, como ofrenda a Dios. Sin embargo, el albino les señala aquel lugar, y Tyty se ve obligado a cambiar la ubicación del terreno para poder buscar allí el oro. Este terreno quedaba marcado con una cruz, y él la traslada a otro lugar, donde “no moleste”. Le habla a Dios, pidiéndole que si no está de acuerdo, que caiga muerto en ese momento, algo que no sucede. Por lo que le queda esta cara de felicidad, como orgulloso de engañar a Dios.

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La fotografía de la película es espectacular, pese al blanco y negro, pues recoge de forma magistral los claros del soporífero sol que aprieta día tras día, y las sombras frías y espeluznantes de un drama que se palpa en el ambiente. Además, Anthony Mann parece prever lo que nos venía encima, y da vida a un candidato a Sheriff ridículo, Pluto,  como suponiendo un futuro de los líderes políticos que tenemos actualmente y que gobiernan el globo… de aquella manera.

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